Sección Dos – Frutos de Justicia, El bien de Jehová, Capítulo tres: Cada fruto tiene su tiempo

Winter apple by Justin LaBerge found on Flickr

Manzanas invernales, Foto por Justin LaBerge, Encontrado en Flickr

“En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto…” Apocalipsis 22:2.

-El propósito del fruto-

Antes de hablar de los frutos del Espíritu, antes de examinar el fruto que Dios más quiere ver producido en nuestras vidas, quiero dar una pequeña introducción al fruto en general.  Ya hablamos en capítulos anteriores de frutos en términos Bíblicos, ya vimos a quien le pertenece nuestro fruto, ahora veamos cómo es producido ese fruto.  Vamos a hablar acerca de la formación de frutos, y del propósito que cumplen los frutos tanto para el árbol como para el cristiano.

Para formarse un fruto, primero tiene que formar la flor, y aun antes de formarse la flor, forma un brote.  Ese proceso de brote hasta fruto maduro ¡lleva aproximadamente un año entero!  En el otoño antes de que caer la nieve, el árbol forma todos sus brotes, algunos de ellos se harán ramas nuevas, otros se harán hojas y el resto de ellos se harán flores con la potencial de producir fruto para el árbol.  Luego llega el invierno y todos los brotes parecen olvidados, cubiertos de nieve y congelados, pero sobreviven y en la primavera cuando el árbol vuelve a la vida, comienzan a salir hojas nuevas y flores nuevas.

Qué gran lección para la vida del creyente.  Porque en nuestras vidas también muchas veces pasa que crece un brote en nuestras vidas, y creemos que va a rendir fruto, algo especial, un don o un ministerio, y antes que pueda realizarse ese sueño llega un otoño espiritual, se caen nuestras hojas y luego desciende el invierno espiritual en nuestras vidas, y parece morirse el sueño, sin embargo, allí está esperando sentir la calor y el sol de la primavera para brotar y cumplir su propósito divino.

¿Cuál es el propósito del fruto?  Realmente tiene dos; proteger la semilla mientras se desarrolla y ayudar en dispersar las semillas una vez que están listas.  En otras palabras, el fruto, como hemos visto en el caso del olivo y en el caso de la vid ¡no es el objetivo final!  ¡El verdadero objetivo final es de perpetuar el árbol, de perpetuar el reino de Dios!  El fruto simplemente tiene su parte en este objetivo, ¡no es en sí la meta principal!  Pero el fruto en el cristiano, fruto espiritual entregado en las manos de Dios es lo que va a perpetuar el reino de Dios.  Por eso es necesario que el árbol dé “su fruto en su tiempo” Salmos 1:3, porque si las semillas, que van a dentro del fruto son removidas del árbol antes de que estén listas para poder germinar se desperdician, nunca llegan a nada y solamente habrán hecho gastar energías al pobre árbol sin ningún provecho.  De igual manera en nuestras vidas espirituales, si el fruto espiritual se rinde antes de su tiempo, si lo tratamos de forzar antes que esté listo, la semilla que lleva, la promesa que lleva no va a estar listo para germinar y crecer y se va a perder todo, el fruto y la ilusión de lo que ese fruto iba a cumplir en el reino de Dios y en nuestras vidas.

Tomaremos un ejemplo del olivo.  Cuando las aceitunas están ya maduras y listas para la cosecha, con sacudir tantito al árbol, caen a la tierra las aceitunas.  Rinde tan fácilmente la cosecha de su fruto, pero solamente cuando ya está lista.  Al igual, hablando espiritualmente, cuando el fruto que el Señor quiere producir en nuestras vidas está ya listo se manifestará tan fácilmente en la vida de uno como cuando sacuden a un olivo.  En cambio, cuando el fruto es inmaduro, por ejemplo, la aceituna verde, se mantiene duro, su cosecha tiene que ser forzada y para utilizarla requiere de muchos arreglos porque en su estado inmaduro es amargo e inútil para el consumo.  Fruto tiene su tiempo naturalmente y espiritualmente hablando.  Cada fruto que Dios comienza a cultivar en nuestras vidas tendrá su tiempo de madurarse, requiere que pacientemente lo aguardamos y lo alimentamos con palabra, oración, y ayuno, ¡acompañados con fe!

En Apocalipsis habla de un árbol de doce frutos que cada mes rinde su fruto, en lo natural no hay ningún árbol que pueda hacer esto.  El manzano da manzanas y solamente en el tiempo de la manzana.  El olivo da solamente aceitunas y solamente en los tiempos de la aceituna.  Esta misma frase pudiera yo repetirlo cambiando el nombre del árbol y su fruto hasta mencionar todos los árboles que existen y no va a cambiar.  Cada uno solamente va a dar su fruto y a su tiempo.  Pero como dijimos eso es en el reino natural, el reino físico.  Por eso tenemos que buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, porque ¡el reino de los seres humanos es muy limitado!

Nosotros, siendo ‘árboles de justicia’, ‘plantío’ de Jehová (Isaías 61:3) y Dios habiendo preparado y limpiado un sitio especial para plantarnos (Isaías 5:1-2) y habiendo hecho arraigar nuestras raíces (Salmos 80:9) y habiéndonos cimentado en amor (Efesios 3:17) y estando sobreedificados en Él y confirmados en la fe (Colosenses 2:7) ¡sí podemos dar fruto en TODO tiempo y en TODO lugar!  Nuestro fruto no será limitado ni por nuestra persona ni por la estación de la vida en la que nos encontramos.  Mediante el Espíritu Santo ¡podemos ser como ese árbol que cada mes da un fruto!

-El Fruto que Dios quiere-

“Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen paz.”  Santiago 3:18

Todo Esto nos lleva al fruto que Dios quiere.  Dios quiere que demos fruto, pero no cualquier fruto, sino que demos fruto espiritual.  “Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” Gálatas 5:22-23. Dios también quiere que demos fruto espiritual en todo tiempo y en toda situación.  Analicemos entonces a cada uno de estos llamados ‘frutos del Espíritu’ que Dios anhela en nuestras vidas para entender lo que son, lo que significan y cómo cultivarlos en nuestras vidas.

“Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.” Génesis 41:52 Y “Irán con lloro, mas con misericordia los haré volver, y los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito.”  Jeremías 31:9

Aparte del deseo de Dios de que demos fruto espiritual, Dios también quiere y requiere de nosotros; ¡fruto en todo tiempo, lugar y circunstancia!  Fruto en el desierto y en el valle, fruto en el verano y en el invierno, fruto en tiempos buenos, y sobre todo fruto en la aflicción.

Dios no quiere ver que en la aflicción disminuye el fruto en nuestras vidas.  Sino que Dios desea ver en nosotros una constancia que aun en los tiempos más difíciles de nuestras vidas, aun cuando esta guerra espiritual que estamos peleando se arrecie contra nosotros de tal manera que realmente yo no vemos ni salida ni esperanza, podamos estar firmes y rendir aun así el fruto espiritual para nuestro Dios.

Por eso dice la Biblia “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho…”  Isaías 53:11. Hay un fruto muy especial que realmente solamente lo podemos rendir en la aflicción, solamente cuando miramos a nuestro alrededor y no hay nadie que nos pueda ayudar en nuestro dolor.  Nadie hay que nos pueda sacar del problema en la que nos encontramos.  Es entonces cuando aprendemos realmente lo que significa confiar en Dios, lo que realmente significa esperar firmes la salvación de Jehová (Éxodo 14:13).

Hasta llegar a ese punto en la vida, podemos decir que confiamos en Dios, nos gusta citar el versículo “pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” Isaías 40:31.  Sin embargo es solamente cuando llegamos a un punto que realmente solo el Señor nos puede ayudar que aprendemos lo que significa la confianza en Dios.  Cuando ya no hay carne que podamos poner por nuestro brazo (Jeremías 17:5) es cuando realmente buscaremos de Dios.  Así de ingrato es el ser humano, aun el cristiano.  Y Dios, que escudriña la mente y prueba el corazón (Jeremías 17:10) ya lo sabe y en su misericordia, para la salvación de nuestras almas permite el trato duro en nuestras vidas.

Estas palabras que estoy escribiendo, no quiero que piense que los escribo de un corazón frío que no pueda compadecerse del dolor que pueda estar pasando en este mismo momento.  No crea por favor que con liviandad quiera curar sus heridas (Jeremías 6:14).  Yo también sé lo que es estar en las manos del alfarero, se lo que es estar allí en estos mismos momentos.  De hecho, los últimos ocho años desde que comencé a escribir este libro he pasado por más pruebas que nunca más en mi vida.  En estos años llegue a perder todo lo que tenía menos mis hijos (¡gracias a Dios!)  El diablo atacó a mi vida desde el comienzo de este libro con una ferocidad, hasta el punto en que dejé de escribir por varios años, encontrando que yo tenía la necesidad de refugiarme en el Señor y de luchar para mi propia restauración.  Han sido estos años prueba tras prueba, como si Dios estuviera probando cada palabra que yo he escrito para ver si estoy realmente dispuesta a pagar el precio a seguirlo a Él y a servirle de la manera que yo he escrito en este libro.  Y más de una vez el diablo ha tratado de hacerme voltear y mirar atrás.  Pero una cosa he aprendido a lo largo de los años en el ministerio es que conté el costo y entré en el ministerio con los ojos abiertos, entonces ya no hay vuelta atrás.

Pase lo que pase y venga lo que venga, a Dios serviré.  He aprendido a decir a través de las circunstancias que he vivido en estos años, aún con lágrimas en los ojos: “Mi porción es Jehová… por tanto, en Él esperaré.  Bueno es Jehová a los que en Él esperan, al alma que le busca.  Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová” Lamentaciones 3:24-26 y a decir como dijo Job: “He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré…”  Job 13:15.

Justo el día cuando yo tenía planeado comenzar a escribir este capítulo, vino la prueba más grande de mi vida.  En un instante mi vida cambió.  Y ahora yo me encuentro en la aflicción tratando de dar fruto, tratando de realmente entender lo que eso significa.  Con certeza puedo decir que he pasado en estos ocho años por la peor aflicción de mi vida.  Me he sentido sola, y solamente con la ayuda de mi Dios he podido seguir adelante.  Sin embargo, estuve y estoy decidida a dar fruto en la aflicción porque La Palabra de Dios dice: “verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho.”  Estoy decidida que, si tuve que tener aflicción en mi alma, cueste lo que cueste, con la ayuda de Dios ¡voy a ver ese fruto para quedarme satisfecha!

-Fruto en la aflicción-

¿Qué querrá decir ‘fruto en la aflicción’?  Cuando José puso a su segundo niño el nombre de Efraín y dijo: “Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción” Génesis 41:52. ¿Qué quiso decir con esas palabras?  Obviamente Egipto fue la tierra en donde sintió su aflicción.  Vendido para ser esclavo en la casa de Potifar, acusado maliciosa y falsamente por la esposa del mismo de quererla violar, llevado preso injustamente y olvidado por el jefe de los coperos.  Pero ¿cuál fue el fruto que lo condujo a poner por nombre al segundo hijo Efraín?

Este es el misterio que de todo corazón debemos querer entender, porque la restauración total de José vino a su vida, no después de olvidar (Génesis 41:51) sino que vino esa restauración cuando pudo decir “Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.”  Muchas veces estamos equivocados, queriendo lograr olvidar el pasado o el fracaso o lo que nos hicieron, creyendo que al olvidar seremos libres.  Creemos que si logramos olvidar tendremos paz.  Sin embargo, es una mentira que hemos creído.

La respuesta no está en olvidar, la respuesta está en superar y aun el olvidar está en el superar.  Hay muchas cosas en mi pasado que antes decía ‘quisiera poder olvidar’ y trataba con todas mis fuerzas para olvidar y aplacar el dolor, y solamente me metía en más problemas.  Pero llegó el día que dejé de tratar de olvidar y decidí creer que Dios me podía usar a pesar de mi pasado y a pesar de mis problemas.  Y ¿sabe qué pasó?  Dios me usó, me puso en evidencia, me demostró aprobada y a lo largo de los años sirviéndole en el dolor comencé a olvidar el dolor.  Y sé que algún día llegaré al punto de bendición cuando me volveré como el tronco del árbol, grueso, que no siente las grandes tormentas de la vida como lo sienten las ramas delgadas que son arrastradas por el viento.  Y ese es el fruto de la aflicción, confianza en la tormenta.  Confianza en Dios y en su soberanía y su poder aun cuando los vientos y las lluvias den con ímpetu contra de la casa, sabiendo que no va a caer porque está fundada sobre la roca que es ¡Cristo Jesús!  (Mateo 7:24-25).  Y aun ahora, en medio de la dificultad, y reconociendo que todavía estoy en camino a la perfección, con esta confianza estoy segura de que como el fuego del horno ardiendo solamente pudo quemar y consumir a lo que traía atado a Sadrac Mesac y Abed-nego (Daniel 3), de igual manera, el horno de aflicción (Isaías 48:10) solamente servirá para soltar las ligaduras de opresión que el diablo usaba para quererme atar.

Es muy necesario entender, desde un principio que fruto no es algo que hacemos, ¡es algo que Él hace en nosotros!  “Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?  Yo lo oiré, y miraré; yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado su fruto.  ¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa?  Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos” Oseas 14:8-9.  El fruto en la aflicción es un cambio en el espíritu.  Es un espíritu apacible (1 Pedro 3:4) es un espíritu humilde y manso, es un espíritu paciente y templado, es un espíritu amoroso y gozoso, es un espíritu bondadoso (Gálatas 5:22-23) por haber aprendido a compadecerse del dolor de los demás.  Y solamente aprendemos a compadecernos del dolor ajeno cuando hemos sido hechos partícipes de los sufrimientos de Cristo (2 Corintios 2:4).

-El fruto que Dios requiere-

Entonces ¿Cuál es el fruto que Dios requiere?  Es nuestra confianza aun cuando parece que nuestra vida se acaba.  Cuando yo llegué al punto de sentir que mi vida se acababa, a sentir que lo estaba perdiendo todo, y realmente perdí todo, tuve que batallar contra el deseo de creer que Dios me había abandonado.  Fue tan difícil poner mi confianza plenamente en Dios en aquellos momentos porque el diablo susurraba en mi oído, diciéndome que Dios ya no me quería, que Dios me había abandonado, que yo ya no podía ni servirle a Dios ni siquiera ser amada por Dios, el diablo me preguntaba ¿realmente existe Dios?  El diablo quería hacer que yo pusiera mi mirada en mi circunstancia y no en Cristo Jesús.  Y llegó un momento cuando me sentía totalmente sin esperanza y sin futuro.  En ese momento Dios me ayudó a través de la Palabra y a través de su pueblo a recordar todos los beneficios de Él y a recibir su paz, la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7).  Y eso es el fruto que Dios requiere, una mente que permanece en Él (Isaías 26:3) y un amor ferviente para Él y para los demás que nos conduce a las buenas obras.

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.  Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” 2 Pedro 1:5-8.  El fruto en si no es la obra, por eso el Señor dice en La Biblia “Yo, Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” Jeremías 17:10.  Si la obra fuera un fruto, no diría ahora en La Palabra de Dios ‘según el fruto de sus obras.’  Más bien el fruto es la intención del corazón.  El fruto es la motivación detrás de la obra.  (Entonces la obra viene siendo la semilla en el fruto.)  El fruto es algo intangible que solamente Dios puede ver.  El fruto del que habló José en Génesis diciendo “Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción” (Génesis 41:51) era un cambio en su corazón.

-Guardando nuestro fruto-

Dios se agrada de nosotros cuando detrás de nuestras obras está el fruto espiritual que Él desea.  Dios se deleita en que haya en nosotros ese fruto.  “¿No es Efraín (fructífero) hijo precioso para mí?  ¿No es niño en quien me deleito? pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente.  Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová” Jeremías 31:20.   Ciertamente tendrá el Señor misericordia de los que aún en la aflicción dan fruto apacible de justicia, reconociendo que la aflicción no es más que la mano de Dios formándolo a uno, moldeándolo a su imagen y semejanza (Hebreos 12:11).

Nuestro enemigo, el diablo, hará todo lo posible para evitar que ese fruto se manifieste en nuestras vidas, porque él conoce el poder que hay en dar fruto en la aflicción.  Él se encargará de destruir ese fruto si nosotros lo permitimos, por esto tenemos que conocer las maquinaciones de nuestro enemigo.  “Y yo era como cordero inocente que llevan a degollar, pues no entendía que maquinaban designios contra mí, diciendo: Destruyamos el árbol con su fruto, y cortémoslo de la tierra de los vivientes, para que no haya más memoria de su nombre” Jeremías 11:19.  Si no entendemos que el diablo está maquinando contra de nosotros para destruir nuestro fruto, o sea que no solamente quiere vernos afligidos, no quiere permitir que haya la satisfacción de un fruto en esa aflicción; si no entendemos esto, seremos como cordero llevado al matadero, iremos a la perdición sin darnos cuenta.  Hay poder en entender los planes de Dios y conocer sus designios.  Es el poder de saber que Dios es soberano y que si operamos conforme a su plan y propósito seremos bendecidos (Génesis 26:3-5).

-La verdadera bendición, una vida de llena de frutos-

“¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de Él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?” Joel 2:14.

La verdadera bendición es tener algo en la mano para darle a Dios.  En Hechos 20:35 dice; “En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.”  Aquí en Joel 2:14 la bendición más grande que Dios puede dejarnos es una ofrenda y una libación para Él.  Qué feo es no tener nada para darle al Señor.  Qué feo es querer hacer algo para Dios y no tener como.   Eso era especialmente difícil para los Israelitas, que según la ley de Dios debía presentarse todo hombre delante de Jehová tres veces al año, en la pascua, en la fiesta de las semanas (Pentecostés) y en la fiesta de los Tabernáculos, y ninguno debía de presentarse con las manos vacías.  Cada uno tenía que traer una ofrenda de su mies, su olivo o de su viña según la bendición que había recibido del Señor (Deuteronomio 16:16-17).

Cuando falta el fruto espiritual en nuestras vidas no tenemos nada para darle a Dios.  Cuando falta el fruto espiritual en la vida del creyente, no hay uvas para exprimir para poder derramar una libación del vino superior que representa el gozo en el Espíritu Santo. Entonces falta en nosotros el cántico nuevo, falta el sacrificio de alabanza, el fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15).  Cuando la tierra no da trigo, no hay para la ofrenda mecida y ya no hay paz para poder levantar manos santas sin ira y sin contienda como ofrenda delante de Dios (1 Timoteo 2:8). Como falta el gozo faltan las fuerzas y las manos caen y las rodillas se paralizan.  Sin embargo, el Señor manda levantar las manos caídas y esas rodillas paralizadas (Hebreos 12:12), eso solamente se realiza mediante un trato por el Espíritu Santo.  Mucho mejor es ser obediente a La Palabra de Dios y rendir el fruto espiritual antes que venga la disciplina del Señor ya que la disciplina es con el propósito de que demos fruto (Hebreos 12:11).

-El bien de Jehová-

“Y mi alma se alejó de la paz, me olvidé del bien, y dije: Perecieron mis fuerzas, y mi esperanza en Jehová.” Lamentaciones 3:17-18

El bien de Jehová, según la Biblia es el pan, el vino y el aceite; la Biblia, el gozo y la unción.  Sin esos frutos en nuestras vidas, sin conocimiento de la Biblia adquirida estudiándola y pidiéndole al Señor, sin el gozo que viene de la alabanza, sin la unción que viene de una búsqueda sincera del Señor, nosotros tampoco vamos a tener paz, tampoco tendremos ni fuerzas ni esperanzas.  Porque todo esto viene de estar en la voluntad de Dios y la voluntad de Dios para nuestras vidas es que demos fruto (Filipenses 2:13, 1 Pedro 2:15, Mateo 3:10) para que Él pueda multiplicar ese fruto en nosotros (2 Corintios 9:10).

Jeremías hablaba aquí en Lamentaciones después de ver la destrucción que viene al pueblo de Dios cuando se olvida de su Dios y se olvida de dar frutos para Dios.  Jerusalén quedó totalmente destruida, el templo quemado y los utensilios del templo llevados a Babilonia.  Aprendamos una lección de lo que tuvo que padecer el pueblo de Israel.  Dios no cambia, sus leyes espirituales no han cambiado.  Hay que dar fruto.

– ¿Por qué hay una falta de fruto? –

“El que al viento observa, no sembrará; y el que mira las nubes, no segará” Eclesiastés 11:4.

¿Por qué será que los cristianos dejamos de dar fruto muchas veces?  Aunque no hay ninguna razón que nos pudiera justificar delante de Dios una falta de fruto, quisiera explorar algunas de las causas más comunes de la falta de fruto y cómo evitar estas trampas del diablo.

-el desánimo-

Hablaremos primero del desánimo en la vida del creyente.  Cuando el cristiano permite que el desánimo entre en su vida a causa de las circunstancias de la vida, comienza a alejarse de Dios aun sin darse cuenta.  Cuando está agobiado por los problemas de la vida, si su primer recurso no es doblar la rodilla y buscar la verdad sobre su situación en la Palabra, pidiéndole fortaleza al Señor, corre el riesgo de desanimarse.  Solamente el Señor nos puede dar las fuerzas suficientes para sobrellevar las cargas diarias de la vida y para salir triunfantes de las pruebas grandes que son comunes a todo ser humano.  El diablo quiere alejarnos de Dios, para intentar lograr esto, manipula nuestra perspectiva en cuanto a las circunstancias de la vida.  Comienza a hablarnos al oído palabras negativas.  ‘Nunca saldrás de este problema’, ‘No podrás aguantar esta tentación’ y de muchas formas más habla nuestras mentes para quitar nuestros ojos de Cristo y ponerlos en las circunstancias.

El diablo sabe que la mente humana es muy limitada y solamente puede enfocarse en una cosa a la vez; Dios y su grandeza o las circunstancias de la vida.  Por eso es que la Biblia nos amonesta en Hebreos 12:1-2: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso, y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”  El apóstol Pablo quiere que entendamos que solamente si nuestros pensamientos son de Jesús lograremos vivir la vida cristiana en victoria.

En Eclesiastés 11:4 dice que la persona que “al viento observa, no sembrará.” En los tiempos de Salomón a quien se le atribuye este libro (Eclesiastés 11:1-2) y en los tiempos de Cristo los hombres ayuntaban sus bueyes y araban sus campos con cuchillo y luego se paseaban en medio del campo y tiraban la semilla, y sabemos por la parábola del sembrador que no toda la semilla caía en la tierra que el sembrador había preparado.  Entonces si el sembrador pensaba demasiado en las posibilidades de que su semilla cayera fuera del terreno arado debido al viento que soplara perdería el tiempo de sembrar.  Y cualquier persona que sabe acerca de la siembra, sabe que en cierto tiempo se tiene que sembrar la semilla, cada planta; maíz, trigo, etc. tiene su tiempo en que tiene que estar sembrado para que reciba la lluvia y el sol que necesita antes de que venga el frío del invierno.

La semilla es inútil mientras permanece en la mano, solamente puede crecer cuando ha sido plantado.  Nada hacemos mirando al viento, mirando a las circunstancias de la vida.  Tenemos que mirar a la mano de Dios y caminar por fe.  Caminar teniendo fe que Dios se encargará de que nuestra semilla caiga sobre buena tierra.

Muchos cristianos están siempre diciendo que van a servir a Dios cuando la situación que están atravesando esté mejor.  Siempre tenemos una excusa para no servirle a Dios; la economía, la situación familiar o el estado emocional, ninguna de estas excusas es válida delante de Dios porque Él sabe y si somos sinceros, nosotros también sabemos que si no es un problema hoy es otro problema mañana.  Si esperamos que nuestra vida esté en orden para servirle a Dios, nunca le vamos a servir.

-El remordimiento-

“Y lo que hubiere quedado de la casa de Judá y lo que hubiere escapado, volverá a echar raíz abajo, y dará fruto arriba” Isaías 37:31.

Hay personas que por su pasado creen que no pueden servir a Dios, creen que le han fallado al Señor hasta el punto de no poder ser restaurados a su servicio.  El pueblo de Israel había fallado al Señor en gran manera.  Se habían olvidado de sus leyes y de su pacto, habían dejado de servirle a Él e iban tras dioses ajenos.  Hasta el punto que en Ezequiel 8:16 dice: “Y me llevó al atrio de adentro de la casa de Jehová; y he aquí junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros hacia el oriente, y adoraban al sol, postrándose hacia el oriente.”  En la misma casa de Dios, adoraban a la creación en vez de adorar a su creador.  Sin embargo, en Isaías 37:31 da la promesa de que volverían a echar raíz para abajo y fruto para arriba.

La Palabra de Dios es bien claro que no hay nadie que merece servirle a Dios, eso solamente es por misericordia, pues dice: “…No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda.  No hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” Romanos 3:10-12.  Nadie merece servirle a Dios, todos somos pecadores salvos solamente por la gracia de Dios que nos dio por medio de su Hijo Jesús.  Cualquiera que sea su pasado, todavía puede servirle a Dios.  Todavía puede echar raíces para abajo, todavía puede estar cimentado y arraigado en el amor de Dios (Efesios 3:17).  Todavía puede hacer un efecto para el Señor.  Cristo todavía le puede usar.  Él se complace en levantar al caído.  Acuérdese que “Siete veces cae el justo y vuelve a levantarse” Proverbios 24:16. Levántese en el Señor, vuélvase al camino de la restauración y santificación y sírvele al Señor, Él pagó el precio de su propia sangre para que usted no tuviera que pagarlo.

-El Fruto Que no Permaneció-

“Hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque.  Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia.  Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” Isaías 32:15-17.

Hay esperanza aun si no ha estado dando fruto o si su fruto no ha permanecido porque cayó en algún pecado o en el desánimo después de empezar a dar su fruto.  Si arrepentido se acerca a Dios, Él derramará sobre su vida el Espíritu Santo de nuevo para despertar su corazón para andar de nuevo conforme a estas leyes espirituales.  Y su vida será transformada del todo y repentinamente.  El Señor no desecha para siempre al justo “antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias” Lamentaciones 3:32.  Su vida todavía puede ser estimada como campo fértil para el Señor, todavía puede dar muchísimo fruto para Dios.  Y es increíble la promesa que da el Señor en estos versículos, que el juicio morará en el desierto, lejos de su vida, no habrá juicio por lo que falló un tiempo, sino que Dios solamente tendrá en cuenta lo que ahora está dando de fruto, por cuanto dice en Ezequiel 18:22: “Todas las transgresiones que cometió, no le serán recordadas; en su justicia que hizo vivirá.”

Isaías 32:15-17 también promete que la justicia y los efectos de la justicia que son: paz, reposo y seguridad morarán con nosotros.  Muchas veces vemos esa palabra justicia y pensamos en juicio en vez de paz porque lo asociamos con hacer justicia y pagar a cada uno conforme a su obra.  Sin embargo, hay otro significado de la palabra justicia en la Biblia.  Justicia significa estar bien delante de Dios y es algo que proviene no de lo que nosotros hacemos sino de lo que Cristo hizo.  Por eso dice en Romanos 3:21-24: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.”  Todos hemos pecado sin faltar a ninguno.  Los pastores, los profetas, los evangelistas, y todos los demás creyentes hemos pecado, le hemos fallado a Dios de una o de otra manera, y Dios no hace acepción de personas y tampoco califica a un pecado como peor que otro pecado por eso dice en Santiago 2:10: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpables de todos.”

Ha llegado el momento de levantarnos en Cristo Jesús y aceptar su regalo gratuito de la gracia, su regalo de justificación con la cual nos justificó al salvarnos.  ¿Qué significa ser justificado?  Significa que su vida está delante de Dios, con todos sus pecados y Dios lo declara “no culpable” de todos sus pecados. ¿Cómo es posible? Es posible porque en la cruz del Calvario Cristo llevó nuestra culpa, llevó nuestro pecado.  Estamos tan blancos como la nieve por la sangre de Cristo Jesús.  No pisoteamos el regalo de la justificación condenándonos más.  Caminemos por fe, creyendo que aún podemos servir a Dios. ¡Se va a maravillar de lo que Dios va a hacer a través de su vida!

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